El monstruo que se convirtió en gota, la gota que se convirtió en monstruo

Cuán difícil es encontrar algo que nos atraviese el pecho…

Quizá porque con el tiempo la armadura se ha endurecido; de tal manera que sólo hay dos formas de penetrarla: de golpe, intempestivamente o lenta e “imperceptiblemente”, como la gota de agua que cae siempre en el mismo lugar hasta perforar la piedra.

Esa gota que ves, pero ignoras porque subestimas. Esa que forma parte de tu escenario por años, hasta el día en que te atraviesa y no hay marcha atrás.

¡Qué pena que la pobreza se haya convertido en la gota que el egoísmo colectivo resiste! Que haya dejado de ser ese monstruo que podía atravesar nuestra coraza y hacernos sangrar.

Sangrar de vergüenza, de dolor por el otro, sangrar como sólo los humanos sangran.

Me pregunto si algún día esa gota recobrará fuerza, si un día llegará a darnos una estocada al corazón gritando: ¡Estoy aquí aunque me ignores!, la miraremos a los ojos y nos daremos cuenta que no es una inofensiva gota, sino el monstruo siempre presente que carcomió desde las entrañas todo un pueblo.

O si la gota logrará perforar la armadura antes que el portador deje de ser humano…


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